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Camila: un futuro que se consolida con el apoyo del IDIPRON

Camila: un futuro que se consolida con el apoyo del IDIPRON

Categoría: Noticias Idipron

18 de junio de 2020

La última etapa del Modelo Pedagógico del IDIPRON está relacionado con la Autonomía y el Autogobierno de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes (NNAJ) que forman parte de la población que atiende el Instituto.

Su objetivo es promover una experiencia real de gobierno autónomo y ciudadanía participativa, promoviendo su autonomía sicosocial y económica, a través de procesos de generación de ingresos que les brinden sostenibilidad económica. Asimismo, en esta etapa se busca afianzar en los NNAJ el desarrollo de capacidades orientadas al autogobierno, por medio de la interiorización del sentido de la justicia, equidad, vivir en la verdad, ser críticos y, al mismo tiempo, tolerantes, saber superar el egoísmo, la indiferencia, el fanatismo y la codicia.

Un ejemplo de esta etapa lo evidenciamos al hablar con Camila, una joven que a sus 21 años ha vivido diversas experiencias que hoy le permiten proyectar su futuro con más conocimiento y seguridad. Ella quiere estudiar Trabajo Social y ser educadora de niños en la Unidad de Protección Integral (UPI) San Francisco. Vive en Bosa y fue la imagen de un video institucional en 2018, donde quiso destacar la transformación que experimentó desde que ingresó a la UPI La Favorita, donde gracias a su comportamiento se convirtió en líder de Espiritualidad.

Recuerda que conoció la entidad por un amigo. “En esa época estaba sin hacer nada y con muchos problemas con mi familia por causa del alcohol y el consumo de SPA. Sufría de depresión desde mi adolescencia y se fue agudizando con los años”, sostiene. Empezó a estudiar música en la UPI La Favorita donde aprendió a tocar el corno francés, guitarra y batería, instrumento, este último, que le fascina. También canta. Las historias que escuchó allí de sus compañeros la hicieron reflexionar sobre su propia vida. “Es como un espejo, ver cómo la gente puede caer tan bajo”.

Las fuertes depresiones que padeció durante años la llevaron a atentar contra su vida en varias ocasiones. Fue en ese tiempo cuando empezó a consumir drogas; “primero fue el trago, que para mí es el peor de los vicios, luego la marihuana, los ácidos y la cocaína. No he tocado el bazuco, porque es muy adictivo. Conocí chicos que se inyectaban y fue muy duro ver eso, quedé en shock. ‘Yo no quiero esto’, me dije. Vi cómo mi amigo se transformó y fue terrible”, cuenta la joven con dolor.

A los 17 años no dormía bien y pesaba 45 kilos; “estaba demasiado demacrada, con la cara brotada. El trago me tenía vuelta nada. Tuve que tomar pastillas para limpiarme los riñones. Tengo 21 años, pero ahorita estoy en proceso de cuidarme el cuerpo, de salir a trotar, tomar agua. Todo eso ha servido”, reconoce. Sostiene que su ingreso al IDIPRON le dio un giro a su vida. Recuerda que en un campamento del Sena al que asistió con los chicos de La Favorita, conoció a un líder de Espiritualidad, quien la invitó a formar parte de su grupo por las capacidades que vio en ella.

“De una, acepté”, dice con alegría. “Con el grupo de Espiritualidad trabajé con niñas y niños y me enamoré de ellos cuando vi su felicidad a través de los talleres de liderazgo. Por eso quiero estudiar y trabajar con los niños del IDIPRON”, afirmó convencida de que es su verdadera vocación. “Es muy bonito cuando te los encuentras y te dicen: “Profe, ¿cuándo nos vas a ver?”.

 

El descubrimiento 

Los problemas de la joven iniciaron cuando cumplió 12 años y descubrió que le gustaban las niñas. “Fue una etapa horrible para mí, porque no le decía a nadie y tenía un conflicto interno porque sentía que no estaba bien. Tuve una pareja tres años mayor que yo, y al cumplir los 15, mi mamá se enteró. Y comenzó todo a estar mal”. Sintió que su progenitora solo le prohibía cosas y ella lo que quería decirle era: ‘póngame cuidado’. “Porque, sinceramente, en lo material lo he tenido todo. Y muchas veces, cambié lo material por tener tranquilidad y paz. Me fui dos veces de la casa: la primera a los 17 años y viví con una chica; la segunda vez, fue el año pasado y viví seis meses fuera de mi casa con una compañera y una familia hermosa”, sostiene. Y agrega, “creo que parte del proceso de sanación con mi mamá fue llegar a esa casa, porque la señora me trataba como si fuera su hija. Ahí entendí que la relación con mi mamá no era buena, pues nosotros no hablamos de mujer a mujer, sino de mamá a hija”. 

Camila se ha puesto una coraza emocional para tratar de no caer en depresiones. Reconoce que, a pesar de los problemas con su mamá, ella siempre la ha apoyado en los momentos difíciles. “Yo la amo mucho; es una gran persona, pero hay muchas cosas que no comparto con ella”.

Su contacto con el IDIPRON también le ha permitido incursionar en la política distrital. “Llevo dos años representando al Instituto en mesas de políticas públicas sobre Equidad de Género, Juventud, Movimiento LGTBI, de Trans y ESCNNA. Esta actividad hace que uno esté más comprometido con el movimiento juvenil. He tenido el reconocimiento del gobierno y pese a que no he conseguido trabajo, creen en mis capacidades y eso es importante para mí”, señala Camila.

Sobre Bogotá sostiene que su sociedad es dual: muy abierta para algunas cosas, pero muy cerrada para otras. Y, aunque acepta que en la actualidad hay más apertura hacia la diversidad de género, “aún hay discriminación. Por ejemplo, en los trabajos uno no puede decir su género, o te discriminan por la pinta. Mi punto de quiebre fue darme cuenta que la sociedad rechaza y juzga mucho la diversidad de género. Desde mi casa no me aceptaban, ni siquiera como me vestía, porque a mí me costó muchísimo ser la mujer que soy ahora”, señaló.

 

Cultura Ciudadana 

Sobre su experiencia en Cultura Ciudadana, Camila cuenta que iban a las localidades haciendo intervenciones de calle con teatro, música y danza. “Hablábamos de problemáticas como el feminicidio, el espacio público, la diversidad sexual, entre otros”. Ahora es firme defensora de la conservación ambiental y escribe un blog donde narra sus experiencias. Al consultar su opinión sobre el incremento del consumo de SPA entre los jóvenes, Camila piensa que “es una enfermedad social y muchas veces se hace por moda”. 

Le gustaría que el Estado les permitiera a los jóvenes mayor participación en el diseño de políticas públicas y los escuchara. “Muchas veces nos enteramos de las cosas por redes sociales, y no son la mejor fuente de información. Sinceramente, y de corazón, estoy muy agradecida con el IDIPRON por todo lo que he recibido; me gustaría que abrieran más espacios para proyectos. Agradezco, en especial, al líder de Espiritualidad, porque ha sido una herramienta grandísima para mí. Yo a él le debo mucho en la vida. A los directivos les doy las gracias por su apoyo en la Mesa de Política Pública, porque me escucharon y apoyaron”, concluyó Camila. 

Finalmente, Camila invitó a todos a hacer realidad una frase del padre Javier de Nicoló: ‘El que no vive para servir, no sirve para vivir’. “Eso es lo que aplico en mi vida”, subrayó.

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Su objetivo es promover una experiencia real de gobierno autónomo y ciudadanía participativa, promoviendo su autonomía sicosocial y económica, a través de procesos de generación de ingresos que les brinden sostenibilidad económica. Asimismo, en esta etapa se busca afianzar en los NNAJ el desarrollo de capacidades orientadas al autogobierno, por medio de la interiorización del sentido de la justicia, equidad, vivir en la verdad, ser críticos y, al mismo tiempo, tolerantes, saber superar el egoísmo, la indiferencia, el fanatismo y la codicia.

Un ejemplo de esta etapa lo evidenciamos al hablar con Camila, una joven que a sus 21 años ha vivido diversas experiencias que hoy le permiten proyectar su futuro con más conocimiento y seguridad. Ella quiere estudiar Trabajo Social y ser educadora de niños en la Unidad de Protección Integral (UPI) San Francisco. Vive en Bosa y fue la imagen de un video institucional en 2018, donde quiso destacar la transformación que experimentó desde que ingresó a la UPI La Favorita, donde gracias a su comportamiento se convirtió en líder de Espiritualidad.

Recuerda que conoció la entidad por un amigo. “En esa época estaba sin hacer nada y con muchos problemas con mi familia por causa del alcohol y el consumo de SPA. Sufría de depresión desde mi adolescencia y se fue agudizando con los años”, sostiene. Empezó a estudiar música en la UPI La Favorita donde aprendió a tocar el corno francés, guitarra y batería, instrumento, este último, que le fascina. También canta. Las historias que escuchó allí de sus compañeros la hicieron reflexionar sobre su propia vida. “Es como un espejo, ver cómo la gente puede caer tan bajo”.

Las fuertes depresiones que padeció durante años la llevaron a atentar contra su vida en varias ocasiones. Fue en ese tiempo cuando empezó a consumir drogas; “primero fue el trago, que para mí es el peor de los vicios, luego la marihuana, los ácidos y la cocaína. No he tocado el bazuco, porque es muy adictivo. Conocí chicos que se inyectaban y fue muy duro ver eso, quedé en shock. ‘Yo no quiero esto’, me dije. Vi cómo mi amigo se transformó y fue terrible”, cuenta la joven con dolor.

A los 17 años no dormía bien y pesaba 45 kilos; “estaba demasiado demacrada, con la cara brotada. El trago me tenía vuelta nada. Tuve que tomar pastillas para limpiarme los riñones. Tengo 21 años, pero ahorita estoy en proceso de cuidarme el cuerpo, de salir a trotar, tomar agua. Todo eso ha servido”, reconoce. Sostiene que su ingreso al IDIPRON le dio un giro a su vida. Recuerda que en un campamento del Sena al que asistió con los chicos de La Favorita, conoció a un líder de Espiritualidad, quien la invitó a formar parte de su grupo por las capacidades que vio en ella.

“De una, acepté”, dice con alegría. “Con el grupo de Espiritualidad trabajé con niñas y niños y me enamoré de ellos cuando vi su felicidad a través de los talleres de liderazgo. Por eso quiero estudiar y trabajar con los niños del IDIPRON”, afirmó convencida de que es su verdadera vocación. “Es muy bonito cuando te los encuentras y te dicen: “Profe, ¿cuándo nos vas a ver?”.

 

El descubrimiento 

Los problemas de la joven iniciaron cuando cumplió 12 años y descubrió que le gustaban las niñas. “Fue una etapa horrible para mí, porque no le decía a nadie y tenía un conflicto interno porque sentía que no estaba bien. Tuve una pareja tres años mayor que yo, y al cumplir los 15, mi mamá se enteró. Y comenzó todo a estar mal”. Sintió que su progenitora solo le prohibía cosas y ella lo que quería decirle era: ‘póngame cuidado’. “Porque, sinceramente, en lo material lo he tenido todo. Y muchas veces, cambié lo material por tener tranquilidad y paz. Me fui dos veces de la casa: la primera a los 17 años y viví con una chica; la segunda vez, fue el año pasado y viví seis meses fuera de mi casa con una compañera y una familia hermosa”, sostiene. Y agrega, “creo que parte del proceso de sanación con mi mamá fue llegar a esa casa, porque la señora me trataba como si fuera su hija. Ahí entendí que la relación con mi mamá no era buena, pues nosotros no hablamos de mujer a mujer, sino de mamá a hija”. 

Camila se ha puesto una coraza emocional para tratar de no caer en depresiones. Reconoce que, a pesar de los problemas con su mamá, ella siempre la ha apoyado en los momentos difíciles. “Yo la amo mucho; es una gran persona, pero hay muchas cosas que no comparto con ella”.

Su contacto con el IDIPRON también le ha permitido incursionar en la política distrital. “Llevo dos años representando al Instituto en mesas de políticas públicas sobre Equidad de Género, Juventud, Movimiento LGTBI, de Trans y ESCNNA. Esta actividad hace que uno esté más comprometido con el movimiento juvenil. He tenido el reconocimiento del gobierno y pese a que no he conseguido trabajo, creen en mis capacidades y eso es importante para mí”, señala Camila.

Sobre Bogotá sostiene que su sociedad es dual: muy abierta para algunas cosas, pero muy cerrada para otras. Y, aunque acepta que en la actualidad hay más apertura hacia la diversidad de género, “aún hay discriminación. Por ejemplo, en los trabajos uno no puede decir su género, o te discriminan por la pinta. Mi punto de quiebre fue darme cuenta que la sociedad rechaza y juzga mucho la diversidad de género. Desde mi casa no me aceptaban, ni siquiera como me vestía, porque a mí me costó muchísimo ser la mujer que soy ahora”, señaló.

 

Cultura Ciudadana 

Sobre su experiencia en Cultura Ciudadana, Camila cuenta que iban a las localidades haciendo intervenciones de calle con teatro, música y danza. “Hablábamos de problemáticas como el feminicidio, el espacio público, la diversidad sexual, entre otros”. Ahora es firme defensora de la conservación ambiental y escribe un blog donde narra sus experiencias. Al consultar su opinión sobre el incremento del consumo de SPA entre los jóvenes, Camila piensa que “es una enfermedad social y muchas veces se hace por moda”. 

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Un ejemplo de esta etapa lo evidenciamos al hablar con Camila, una joven que a sus 21 años ha vivido diversas experiencias que hoy le permiten proyectar su futuro con más conocimiento y seguridad. Ella quiere estudiar Trabajo Social y ser educadora de niños en la Unidad de Protección Integral (UPI) San Francisco. Vive en Bosa y fue la imagen de un video institucional en 2018, donde quiso destacar la transformación que experimentó desde que ingresó a la UPI La Favorita, donde gracias a su comportamiento se convirtió en líder de Espiritualidad.

Recuerda que conoció la entidad por un amigo. “En esa época estaba sin hacer nada y con muchos problemas con mi familia por causa del alcohol y el consumo de SPA. Sufría de depresión desde mi adolescencia y se fue agudizando con los años”, sostiene. Empezó a estudiar música en la UPI La Favorita donde aprendió a tocar el corno francés, guitarra y batería, instrumento, este último, que le fascina. También canta. Las historias que escuchó allí de sus compañeros la hicieron reflexionar sobre su propia vida. “Es como un espejo, ver cómo la gente puede caer tan bajo”.

Las fuertes depresiones que padeció durante años la llevaron a atentar contra su vida en varias ocasiones. Fue en ese tiempo cuando empezó a consumir drogas; “primero fue el trago, que para mí es el peor de los vicios, luego la marihuana, los ácidos y la cocaína. No he tocado el bazuco, porque es muy adictivo. Conocí chicos que se inyectaban y fue muy duro ver eso, quedé en shock. ‘Yo no quiero esto’, me dije. Vi cómo mi amigo se transformó y fue terrible”, cuenta la joven con dolor.

A los 17 años no dormía bien y pesaba 45 kilos; “estaba demasiado demacrada, con la cara brotada. El trago me tenía vuelta nada. Tuve que tomar pastillas para limpiarme los riñones. Tengo 21 años, pero ahorita estoy en proceso de cuidarme el cuerpo, de salir a trotar, tomar agua. Todo eso ha servido”, reconoce. Sostiene que su ingreso al IDIPRON le dio un giro a su vida. Recuerda que en un campamento del Sena al que asistió con los chicos de La Favorita, conoció a un líder de Espiritualidad, quien la invitó a formar parte de su grupo por las capacidades que vio en ella.

“De una, acepté”, dice con alegría. “Con el grupo de Espiritualidad trabajé con niñas y niños y me enamoré de ellos cuando vi su felicidad a través de los talleres de liderazgo. Por eso quiero estudiar y trabajar con los niños del IDIPRON”, afirmó convencida de que es su verdadera vocación. “Es muy bonito cuando te los encuentras y te dicen: “Profe, ¿cuándo nos vas a ver?”.

 

El descubrimiento 

Los problemas de la joven iniciaron cuando cumplió 12 años y descubrió que le gustaban las niñas. “Fue una etapa horrible para mí, porque no le decía a nadie y tenía un conflicto interno porque sentía que no estaba bien. Tuve una pareja tres años mayor que yo, y al cumplir los 15, mi mamá se enteró. Y comenzó todo a estar mal”. Sintió que su progenitora solo le prohibía cosas y ella lo que quería decirle era: ‘póngame cuidado’. “Porque, sinceramente, en lo material lo he tenido todo. Y muchas veces, cambié lo material por tener tranquilidad y paz. Me fui dos veces de la casa: la primera a los 17 años y viví con una chica; la segunda vez, fue el año pasado y viví seis meses fuera de mi casa con una compañera y una familia hermosa”, sostiene. Y agrega, “creo que parte del proceso de sanación con mi mamá fue llegar a esa casa, porque la señora me trataba como si fuera su hija. Ahí entendí que la relación con mi mamá no era buena, pues nosotros no hablamos de mujer a mujer, sino de mamá a hija”. 

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Sobre Bogotá sostiene que su sociedad es dual: muy abierta para algunas cosas, pero muy cerrada para otras. Y, aunque acepta que en la actualidad hay más apertura hacia la diversidad de género, “aún hay discriminación. Por ejemplo, en los trabajos uno no puede decir su género, o te discriminan por la pinta. Mi punto de quiebre fue darme cuenta que la sociedad rechaza y juzga mucho la diversidad de género. Desde mi casa no me aceptaban, ni siquiera como me vestía, porque a mí me costó muchísimo ser la mujer que soy ahora”, señaló.

 

Cultura Ciudadana 

Sobre su experiencia en Cultura Ciudadana, Camila cuenta que iban a las localidades haciendo intervenciones de calle con teatro, música y danza. “Hablábamos de problemáticas como el feminicidio, el espacio público, la diversidad sexual, entre otros”. Ahora es firme defensora de la conservación ambiental y escribe un blog donde narra sus experiencias. Al consultar su opinión sobre el incremento del consumo de SPA entre los jóvenes, Camila piensa que “es una enfermedad social y muchas veces se hace por moda”. 

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