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‘Como profesor entendí el poder transformador del arte’

Foto: Mauricio León - Jóvenes músicos en UPI Javier de Nicoló

Categoría: Noticias Idipron

 

2 de julio de 2019

Fuente: Carol Malaver - El Tiempo
Fotos: Mauricio León

Marcos es profesor de la UPI Javier de Nicoló. Con instrumentos cambia la vida a cientos de jóvenes.

 

Canal El Tiempo

Cuando el profesor Marcos Leonardo Galindo conoció, en el 2004, al padre Javier de Nicoló, el hombre que ayudaba a los llamados gamines de Bogotá, el rumbo de su profesión cambió. 

Él fue estudiante del colegio Inem de Kennedy, se hizo músico trompetista de la Universidad Nacional y luego especialista en la Pedagógica.

Fue en ese recorrido en donde conoció al maestro Gustav Kolbe un violinista alemán muy amigo de Nicoló. “Él me dijo que el padre necesitaba un profesor joven y, pues, yo estaba haciendo un énfasis en dirección sinfónica. Esa área me estaba moviendo mucho, a pesar de que ya me había ganado concursos como trompetista”.

Después de meses llegó el día, esa sería su primera oportunidad de dirigir. “Yo pensé que el padre iba a ser un religioso rígido, pero cuando se abrió la puerta me encontré con un ser humano muy sereno, humilde que con una calidez increíble me dijo que necesitaba un director para dos bandas de jóvenes entre los 14 y los 25 años”.

Con lo que no contaba era que con quienes iba a trabajar habían salido de las calles, fueron niños abandonados y/o tenían problemas con el consumo de drogas y el alcohol. “Llegar a La Arcadia, en Funza, fue impactante para mí. Muchos tenían mi edad de esa época, 23 años”.

Pronto comenzaron los enfrentamientos. Jóvenes que lo desobedecían, otro que durante una clase lo retó a que salieran a arreglar el problema a golpes y muchos que recayeron en sus adicciones durante el proceso. “Fue muy duro ganarse su respeto. Pero cuando tenía esos días tan pesados, me servía pensar en que habían sido niños abandonados y abusados, y que sacarlos adelante era la única opción. Sin pensarlo, ellos me ayudaron a encontrar el rumbo de mi vida; yo era un tipo individualista que pensaba poco en los demás. Ahora entiendo el poder transformador del arte, es la mejor manera de exteriorizar emociones”.

Todo eso lo contó mientras tocaba su piano de un cuarto de cola marca Samick, en frente de un grupo de jóvenes que se reían cuando una nota salía desatinada. “Muchachos, si no generamos suspenso al comienzo, al final de esta historia musical no habrá clímax”. Ellos volvían a repetir todo hasta lograr lo más cercano a la perfección.

Cada uno tenía una historia, un lapso de esas cortas vidas que los llevaron a la UPI Conservatorio Javier de Nicoló. Ronald Cubillos, por ejemplo, fue consumido por la calle entre juegos de video. “Yo llegué a robar para jugar Xbox. Afortunadamente, nunca consumí drogas, como mi hermana, pero estuve en riesgo. Ahora le puedo decir que la música lo es todo, tocar mi trompeta es una terapia, lo que antes me afectaba ahora me daña menos”.

A su lado, Santiago Abril Sánchez, de 19 años, tocaba el trombón. “Antes estaba en la dejadez. Andaba en la calle, consumía drogas, perdía mi tiempo. El estudio no era mi opción”. De hecho fue adicto al pegante durante dos años, el vicio lo estaba arrastrando, pero la música lo salvó. “Un profesor de acá me insistió en que me metiera a esto, me arriesgué y superé el tema del consumo. El arte transforma, el arte me transformó a mí. Los profesores del Idipron son como ángeles”.

Amalí Isaza, a pesar de sus recaídas, también encontró su camino. Los problemas la llevaron al consumo. Fue madre muy joven y, justo ahí, su pareja la indujo a las drogas. “Luego perdí a mi hija por esa misma razón. En una comisaría se decidió que yo no era la indicada para cuidarla”.

 

"Yo llegué a robar para jugar Xbox. Afortunadamente, nunca consumí drogas, como mi hermana, pero estuve en riesgo. Ahora le puedo decir que la música lo es todo".

 

Pero en el 2015, ya en el Idipron, un amigo le regaló una guitarra. “Cuando aprendí a tocar la primera canción se me llenó el pecho de emoción. La UPI se convirtió en mi casa, y su gente, en mi familia. Esas personas que por fin me preguntaban qué estaba sintiendo me salvaron”. Hoy su voz está cada vez más educada, pero lo mejor es que cuando cierra sus ojos ya hay un mejor futuro por ver cuando los vuelve a abrir. 

Aferrado a su clarinete como si ya fuera extensión de su cuerpo estaba Jerson Steven Mineta Flores, de 25 años. Su madre lo abandonó a los ocho meses de nacido, perdió a su abuela a los cinco y cuando quedó bajo el cuidado de su padre, este lo golpeó tan duro que le torció el tabique.

Cuando tenía 16 años, su vida era una pesadilla. Tuvo que ver a su padre lastimando a su madrastra y partir a sus hermanas hacia un refugio. “Desde los 12 años consumí cigarrillo, luego, marihuana; a los 16, pegante. Por eso terminaron por internarme”. 

Fue su hermano menor quien le dijo que se diera una oportunidad en el Idipron. “El 23 de diciembre de 2017 me presenté a la UPI y pasé. Hoy, por primera vez, tengo un proyecto de vida. Este instrumento es mi hijo, me gusta como se aferra a mis manos”. Cada nota lo llena de satisfacción, se le ve en su rostro. 

Luis Alberto Campos, de 33 años, es la muestra de lo que estos profesores logran cambiar. Comenzó igual que todos estos jóvenes, pero ahora, ya graduado de las universidades Javeriana y Central, decidió volver a su casa a enseñar lo aprendido. “Sí vale la pena hacer un esfuerzo, siempre pongo mi experiencia de vida ante los jóvenes. La música mueve sentimientos. La música es una medicina para el alma, el cuerpo y la mente”.

El reto de estos profesores de música seguirá en la UPI Conservatorio Javier de Nicoló y en muchos otros centros de la entidad. Es quizás uno de los programas más exitosos, de esos en los que valdría la pena invertir más. “Todos ellos llegaron un día con sus emociones guardadas, la música las dejó salir”. 

Marcos les dice a sus estudiantes que la banda es como un símil de la sociedad, les explica que tienen que aprender a escuchar a los demás, a respetarlos, a tolerar. Una buena composición depende de todo eso. 

Del programa de música de Idipron se benefician directamente: 55 niños, 32 adolescentes y 206 jóvenes de los cuales 106 están en la UPI Corservatorio Javier de Nicoló. 

Ya son 50 años de experiencias con decenas de maestros que, como Marcos, han entregado sus vidas a estos jóvenes. Conciertos y giras nacionales e internacionales son los frutos recogidos. “La verdadera paz está en querernos los unos a los otros. Yo soy estricto en lo artístico, esa es mi forma de enseñarles, a veces ser exigente es un acto de amor”.

Enlace a nota desde El Tiempo Aquí

 

 

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Fotos: Mauricio León

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Él fue estudiante del colegio Inem de Kennedy, se hizo músico trompetista de la Universidad Nacional y luego especialista en la Pedagógica.

Fue en ese recorrido en donde conoció al maestro Gustav Kolbe un violinista alemán muy amigo de Nicoló. “Él me dijo que el padre necesitaba un profesor joven y, pues, yo estaba haciendo un énfasis en dirección sinfónica. Esa área me estaba moviendo mucho, a pesar de que ya me había ganado concursos como trompetista”.

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Con lo que no contaba era que con quienes iba a trabajar habían salido de las calles, fueron niños abandonados y/o tenían problemas con el consumo de drogas y el alcohol. “Llegar a La Arcadia, en Funza, fue impactante para mí. Muchos tenían mi edad de esa época, 23 años”.

Pronto comenzaron los enfrentamientos. Jóvenes que lo desobedecían, otro que durante una clase lo retó a que salieran a arreglar el problema a golpes y muchos que recayeron en sus adicciones durante el proceso. “Fue muy duro ganarse su respeto. Pero cuando tenía esos días tan pesados, me servía pensar en que habían sido niños abandonados y abusados, y que sacarlos adelante era la única opción. Sin pensarlo, ellos me ayudaron a encontrar el rumbo de mi vida; yo era un tipo individualista que pensaba poco en los demás. Ahora entiendo el poder transformador del arte, es la mejor manera de exteriorizar emociones”.

Todo eso lo contó mientras tocaba su piano de un cuarto de cola marca Samick, en frente de un grupo de jóvenes que se reían cuando una nota salía desatinada. “Muchachos, si no generamos suspenso al comienzo, al final de esta historia musical no habrá clímax”. Ellos volvían a repetir todo hasta lograr lo más cercano a la perfección.

Cada uno tenía una historia, un lapso de esas cortas vidas que los llevaron a la UPI Conservatorio Javier de Nicoló. Ronald Cubillos, por ejemplo, fue consumido por la calle entre juegos de video. “Yo llegué a robar para jugar Xbox. Afortunadamente, nunca consumí drogas, como mi hermana, pero estuve en riesgo. Ahora le puedo decir que la música lo es todo, tocar mi trompeta es una terapia, lo que antes me afectaba ahora me daña menos”.

A su lado, Santiago Abril Sánchez, de 19 años, tocaba el trombón. “Antes estaba en la dejadez. Andaba en la calle, consumía drogas, perdía mi tiempo. El estudio no era mi opción”. De hecho fue adicto al pegante durante dos años, el vicio lo estaba arrastrando, pero la música lo salvó. “Un profesor de acá me insistió en que me metiera a esto, me arriesgué y superé el tema del consumo. El arte transforma, el arte me transformó a mí. Los profesores del Idipron son como ángeles”.

Amalí Isaza, a pesar de sus recaídas, también encontró su camino. Los problemas la llevaron al consumo. Fue madre muy joven y, justo ahí, su pareja la indujo a las drogas. “Luego perdí a mi hija por esa misma razón. En una comisaría se decidió que yo no era la indicada para cuidarla”.

 

"Yo llegué a robar para jugar Xbox. Afortunadamente, nunca consumí drogas, como mi hermana, pero estuve en riesgo. Ahora le puedo decir que la música lo es todo".

 

Pero en el 2015, ya en el Idipron, un amigo le regaló una guitarra. “Cuando aprendí a tocar la primera canción se me llenó el pecho de emoción. La UPI se convirtió en mi casa, y su gente, en mi familia. Esas personas que por fin me preguntaban qué estaba sintiendo me salvaron”. Hoy su voz está cada vez más educada, pero lo mejor es que cuando cierra sus ojos ya hay un mejor futuro por ver cuando los vuelve a abrir. 

Aferrado a su clarinete como si ya fuera extensión de su cuerpo estaba Jerson Steven Mineta Flores, de 25 años. Su madre lo abandonó a los ocho meses de nacido, perdió a su abuela a los cinco y cuando quedó bajo el cuidado de su padre, este lo golpeó tan duro que le torció el tabique.

Cuando tenía 16 años, su vida era una pesadilla. Tuvo que ver a su padre lastimando a su madrastra y partir a sus hermanas hacia un refugio. “Desde los 12 años consumí cigarrillo, luego, marihuana; a los 16, pegante. Por eso terminaron por internarme”. 

Fue su hermano menor quien le dijo que se diera una oportunidad en el Idipron. “El 23 de diciembre de 2017 me presenté a la UPI y pasé. Hoy, por primera vez, tengo un proyecto de vida. Este instrumento es mi hijo, me gusta como se aferra a mis manos”. Cada nota lo llena de satisfacción, se le ve en su rostro. 

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2 de julio de 2019

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Cada uno tenía una historia, un lapso de esas cortas vidas que los llevaron a la UPI Conservatorio Javier de Nicoló. Ronald Cubillos, por ejemplo, fue consumido por la calle entre juegos de video. “Yo llegué a robar para jugar Xbox. Afortunadamente, nunca consumí drogas, como mi hermana, pero estuve en riesgo. Ahora le puedo decir que la música lo es todo, tocar mi trompeta es una terapia, lo que antes me afectaba ahora me daña menos”.

A su lado, Santiago Abril Sánchez, de 19 años, tocaba el trombón. “Antes estaba en la dejadez. Andaba en la calle, consumía drogas, perdía mi tiempo. El estudio no era mi opción”. De hecho fue adicto al pegante durante dos años, el vicio lo estaba arrastrando, pero la música lo salvó. “Un profesor de acá me insistió en que me metiera a esto, me arriesgué y superé el tema del consumo. El arte transforma, el arte me transformó a mí. Los profesores del Idipron son como ángeles”.

Amalí Isaza, a pesar de sus recaídas, también encontró su camino. Los problemas la llevaron al consumo. Fue madre muy joven y, justo ahí, su pareja la indujo a las drogas. “Luego perdí a mi hija por esa misma razón. En una comisaría se decidió que yo no era la indicada para cuidarla”.

 

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Pero en el 2015, ya en el Idipron, un amigo le regaló una guitarra. “Cuando aprendí a tocar la primera canción se me llenó el pecho de emoción. La UPI se convirtió en mi casa, y su gente, en mi familia. Esas personas que por fin me preguntaban qué estaba sintiendo me salvaron”. Hoy su voz está cada vez más educada, pero lo mejor es que cuando cierra sus ojos ya hay un mejor futuro por ver cuando los vuelve a abrir. 

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Fue su hermano menor quien le dijo que se diera una oportunidad en el Idipron. “El 23 de diciembre de 2017 me presenté a la UPI y pasé. Hoy, por primera vez, tengo un proyecto de vida. Este instrumento es mi hijo, me gusta como se aferra a mis manos”. Cada nota lo llena de satisfacción, se le ve en su rostro. 

Luis Alberto Campos, de 33 años, es la muestra de lo que estos profesores logran cambiar. Comenzó igual que todos estos jóvenes, pero ahora, ya graduado de las universidades Javeriana y Central, decidió volver a su casa a enseñar lo aprendido. “Sí vale la pena hacer un esfuerzo, siempre pongo mi experiencia de vida ante los jóvenes. La música mueve sentimientos. La música es una medicina para el alma, el cuerpo y la mente”.

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Marcos les dice a sus estudiantes que la banda es como un símil de la sociedad, les explica que tienen que aprender a escuchar a los demás, a respetarlos, a tolerar. Una buena composición depende de todo eso. 

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