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Misioneros de un mensaje de esperanza

Imágen Misioneros de un mensaje de esperanza

Categoria: Noticias Idipron

Foto: El Espectador

En medio de los preparativos para recibir al papa Francisco, el Distrito alista una presentación musical integrada por jóvenes vulnerables: algunos salieron de la calle, otros estuvieron en riesgo de caer en la delincuencia.

En un refugio del barrio Perdomo, en Ciudad Bolívar, más de 200 niños y jóvenes practican sus pasos hasta el sudor, afinan los instrumentos y calientan la voz con algunas rimas. Cada uno parece absorto en su tarea hasta un nuevo ensayo. Toman posiciones y empieza el espectáculo: aquellos hombres y mujeres vulnerables -muchos de ellos conocieron lo más oscuro de la calle- son iluminados por el fulgor del arte. “¡Francisco, el grande!”, se escucha en medio del sonar de la música colombiana.

Su presentación ante el papa Francisco dura cuatro minutos. Para que todo salga a la perfección, se preparan de manera incansable desde hace dos meses y no dejarán de hacerlo hasta que llegue el 6 de septiembre, a las 5:45 p.m., cuando la Nunciatura Apostólica reciba al sumo pontífice. Los artistas del Idiprón, entidad del Distrito que logró la cita, aún no pueden creerlo, pero tienen la certeza de que no serán inferiores al desafío que la vida les impone. “Aprendimos que no existen barreras imposibles de romper, que tú puedes superarte si te entregas a la fe”, dice un verso del rap que interpretarán y que tiene fragmentos en inglés e italiano.

Muchos de ellos tienen cicatrices en el rostro y en los brazos; sucumbieron en algún momento de sus vidas a la tentación de la droga y se salieron de los límites de la ley. A algunos los ven con desprecio en las calles, sienten temor por su vestimenta o por su forma de hablar. Otros llegaron al Idiprón para huir de las pandillas o del abuso. Estaban en riesgo. Tienen entre 8 y 28 años, y la magnitud de la energía que despiden en los ensayos es comparable a sus deseos de superación. “Ellos merecen una oportunidad, otra opción de vida. Que el papa valore a los más vulnerados es una voz de esperanza y un primer paso para los muchachos que están en el filo de la calle”, dice el padre Wilfredo Grajales, director de la entidad, quien en marzo fue al Vaticano para hablar de los proyectos que adelanta sobre la protección de menores abusados y propuso que los jóvenes del Idiprón homenajearan al papa Francisco.

“El diablo recibiendo al papa”

Entre ellos está Luis Rodríguez, de 26 años, quien es uno de los percusionistas de la presentación y se declara circense. Probó el bazuco cuando estaba en quinto de primaria y siguió con el bóxer. Hacía malabares en los semáforos para ganarse la vida y viajar para llenar su cuerpo de droga. “En las esquinas se hace mucha plata y por eso estuve en las ollas más grandes de Medellín; en las dos que están en Cali, y hubo un tiempo en que no salía del Bronx, en Bogotá. En la calle vi asesinatos, violaciones, robos y manipulación para que los niños vendieran y consumieran drogas”.

No se siente orgulloso de lo que vivió, pero tampoco se arrepiente. “Uno a veces tiene que llegar al límite para enderezar el camino”. Dice que cuando empezó a consumir, hizo a un lado a su mejor amigo porque él no quiso sumarse a sus andanzas. Años después lo encontró y él hizo lo mismo: rechazó su amistad. Entre personas perdidas y oportunidades desaprovechadas estuvo más de cinco años en la calle, hasta que se encontró con dos amigos punkeros que lo llevaron al Idiprón. “El arte crea bases artísticas y eso lo aleja a uno de las drogas”.

Un día llegó a su casa, en Ciudadela Colsubsidio, y le dijo a su mamá que iba a participar en la presentación en honor a Francisco. “Uy, el diablo recibiendo al papa…”, le dijo ella con alegre sarcasmo. “Pero estar ahí es una meta muy alta y es una muestra de que la oportunidad abre muchas puertas”, insiste Luis.

El ensayo está presidido por el profesor José Luis Bonilla, a quien sólo conocen por su apellido. Hace 16 años, cuando la primera administración de Enrique Peñalosa intervino el sector del Cartucho, él fue uno de los que salió de las cloacas y se encontró con el padre Javier de Nicoló, el eterno símbolo paternal de los niños y jóvenes habitantes de calle. “Él decía que nos reformara, que no nos aplicara cárcel. En ese grupo caí yo. Yo estaba pegado al bazuco, pero él se metió por el lado de la música. En medio de mis loqueras, me la pasaba improvisando sobre robar y matar. Y él me decía que podía seguir cantando, pero sobre otras cosas. Le copié y después me metí de lleno. Empecé a sanar lo que me hizo la calle, lo que me hizo la Policía”.

Luchó contra el acelere y el cólico, en medio de jornadas en las que sufrió del síndrome de abstinencia, que obligaron a llevarlo a centros de rehabilitación fuera de la ciudad. “Tú puedes ser grande, todo se puede hacer con amor”, le insistía el padre Nicoló. Pasó de ser miembro de una banda de jaladores de carros (“me bebía y me fumaba toda la plata en un fin de semana”) y pasó a trabajar como facilitador. Ahora trabaja como educador del Idiprón con los jóvenes que salieron del Bronx, porque quería devolver el favor que le hicieron, dice. “Los bailarines, muchos de ellos, salieron de allá. Y quieren demostrar que por medio del arte, la cultura y el amor se pueden transformar vidas”. En efecto los bailarines, cada vez que dan un paso, lo hacen con fuerza como si estuvieran pisando el vicio que por poco les acaba la vida.

Todos vuelven a sus posiciones. En una esquina está la orquesta; a su lado, el coro; en el centro, los bailarines y, en la parte posterior, el grupo de percusión y de cultura ciudadana. Esta vez se abstendrán de decir “no a la droga”, “no a la violencia”, “no más prostitución”, “no más mutilaciones”. Porque el mensaje estará despojado de cualquier connotación negativa. “Somos portadores de un mensaje de esperanza”, canta Bonilla. La música suena y el baile sólo cesará hasta cuando dos de los hijos del Idiprón le ofrenden al papa Francisco un velón con la Virgen de Chiquinquirá y una representación del habitante de calle bogotano.

 

Nota publicada por : Juan David Moreno Barreto - El Espectador. 26 de Agosto de 2016 . Para ver nota (clic Aquí)

 

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Su presentación ante el papa Francisco dura cuatro minutos. Para que todo salga a la perfección, se preparan de manera incansable desde hace dos meses y no dejarán de hacerlo hasta que llegue el 6 de septiembre, a las 5:45 p.m., cuando la Nunciatura Apostólica reciba al sumo pontífice. Los artistas del Idiprón, entidad del Distrito que logró la cita, aún no pueden creerlo, pero tienen la certeza de que no serán inferiores al desafío que la vida les impone. “Aprendimos que no existen barreras imposibles de romper, que tú puedes superarte si te entregas a la fe”, dice un verso del rap que interpretarán y que tiene fragmentos en inglés e italiano.

Muchos de ellos tienen cicatrices en el rostro y en los brazos; sucumbieron en algún momento de sus vidas a la tentación de la droga y se salieron de los límites de la ley. A algunos los ven con desprecio en las calles, sienten temor por su vestimenta o por su forma de hablar. Otros llegaron al Idiprón para huir de las pandillas o del abuso. Estaban en riesgo. Tienen entre 8 y 28 años, y la magnitud de la energía que despiden en los ensayos es comparable a sus deseos de superación. “Ellos merecen una oportunidad, otra opción de vida. Que el papa valore a los más vulnerados es una voz de esperanza y un primer paso para los muchachos que están en el filo de la calle”, dice el padre Wilfredo Grajales, director de la entidad, quien en marzo fue al Vaticano para hablar de los proyectos que adelanta sobre la protección de menores abusados y propuso que los jóvenes del Idiprón homenajearan al papa Francisco.

“El diablo recibiendo al papa”

Entre ellos está Luis Rodríguez, de 26 años, quien es uno de los percusionistas de la presentación y se declara circense. Probó el bazuco cuando estaba en quinto de primaria y siguió con el bóxer. Hacía malabares en los semáforos para ganarse la vida y viajar para llenar su cuerpo de droga. “En las esquinas se hace mucha plata y por eso estuve en las ollas más grandes de Medellín; en las dos que están en Cali, y hubo un tiempo en que no salía del Bronx, en Bogotá. En la calle vi asesinatos, violaciones, robos y manipulación para que los niños vendieran y consumieran drogas”.

No se siente orgulloso de lo que vivió, pero tampoco se arrepiente. “Uno a veces tiene que llegar al límite para enderezar el camino”. Dice que cuando empezó a consumir, hizo a un lado a su mejor amigo porque él no quiso sumarse a sus andanzas. Años después lo encontró y él hizo lo mismo: rechazó su amistad. Entre personas perdidas y oportunidades desaprovechadas estuvo más de cinco años en la calle, hasta que se encontró con dos amigos punkeros que lo llevaron al Idiprón. “El arte crea bases artísticas y eso lo aleja a uno de las drogas”.

Un día llegó a su casa, en Ciudadela Colsubsidio, y le dijo a su mamá que iba a participar en la presentación en honor a Francisco. “Uy, el diablo recibiendo al papa…”, le dijo ella con alegre sarcasmo. “Pero estar ahí es una meta muy alta y es una muestra de que la oportunidad abre muchas puertas”, insiste Luis.

El ensayo está presidido por el profesor José Luis Bonilla, a quien sólo conocen por su apellido. Hace 16 años, cuando la primera administración de Enrique Peñalosa intervino el sector del Cartucho, él fue uno de los que salió de las cloacas y se encontró con el padre Javier de Nicoló, el eterno símbolo paternal de los niños y jóvenes habitantes de calle. “Él decía que nos reformara, que no nos aplicara cárcel. En ese grupo caí yo. Yo estaba pegado al bazuco, pero él se metió por el lado de la música. En medio de mis loqueras, me la pasaba improvisando sobre robar y matar. Y él me decía que podía seguir cantando, pero sobre otras cosas. Le copié y después me metí de lleno. Empecé a sanar lo que me hizo la calle, lo que me hizo la Policía”.

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Nota publicada por : Juan David Moreno Barreto - El Espectador. 26 de Agosto de 2016 . Para ver nota (clic Aquí)

 

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En medio de los preparativos para recibir al papa Francisco, el Distrito alista una presentación musical integrada por jóvenes vulnerables: algunos salieron de la calle, otros estuvieron en riesgo de caer en la delincuencia.

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Su presentación ante el papa Francisco dura cuatro minutos. Para que todo salga a la perfección, se preparan de manera incansable desde hace dos meses y no dejarán de hacerlo hasta que llegue el 6 de septiembre, a las 5:45 p.m., cuando la Nunciatura Apostólica reciba al sumo pontífice. Los artistas del Idiprón, entidad del Distrito que logró la cita, aún no pueden creerlo, pero tienen la certeza de que no serán inferiores al desafío que la vida les impone. “Aprendimos que no existen barreras imposibles de romper, que tú puedes superarte si te entregas a la fe”, dice un verso del rap que interpretarán y que tiene fragmentos en inglés e italiano.

Muchos de ellos tienen cicatrices en el rostro y en los brazos; sucumbieron en algún momento de sus vidas a la tentación de la droga y se salieron de los límites de la ley. A algunos los ven con desprecio en las calles, sienten temor por su vestimenta o por su forma de hablar. Otros llegaron al Idiprón para huir de las pandillas o del abuso. Estaban en riesgo. Tienen entre 8 y 28 años, y la magnitud de la energía que despiden en los ensayos es comparable a sus deseos de superación. “Ellos merecen una oportunidad, otra opción de vida. Que el papa valore a los más vulnerados es una voz de esperanza y un primer paso para los muchachos que están en el filo de la calle”, dice el padre Wilfredo Grajales, director de la entidad, quien en marzo fue al Vaticano para hablar de los proyectos que adelanta sobre la protección de menores abusados y propuso que los jóvenes del Idiprón homenajearan al papa Francisco.

“El diablo recibiendo al papa”

Entre ellos está Luis Rodríguez, de 26 años, quien es uno de los percusionistas de la presentación y se declara circense. Probó el bazuco cuando estaba en quinto de primaria y siguió con el bóxer. Hacía malabares en los semáforos para ganarse la vida y viajar para llenar su cuerpo de droga. “En las esquinas se hace mucha plata y por eso estuve en las ollas más grandes de Medellín; en las dos que están en Cali, y hubo un tiempo en que no salía del Bronx, en Bogotá. En la calle vi asesinatos, violaciones, robos y manipulación para que los niños vendieran y consumieran drogas”.

No se siente orgulloso de lo que vivió, pero tampoco se arrepiente. “Uno a veces tiene que llegar al límite para enderezar el camino”. Dice que cuando empezó a consumir, hizo a un lado a su mejor amigo porque él no quiso sumarse a sus andanzas. Años después lo encontró y él hizo lo mismo: rechazó su amistad. Entre personas perdidas y oportunidades desaprovechadas estuvo más de cinco años en la calle, hasta que se encontró con dos amigos punkeros que lo llevaron al Idiprón. “El arte crea bases artísticas y eso lo aleja a uno de las drogas”.

Un día llegó a su casa, en Ciudadela Colsubsidio, y le dijo a su mamá que iba a participar en la presentación en honor a Francisco. “Uy, el diablo recibiendo al papa…”, le dijo ella con alegre sarcasmo. “Pero estar ahí es una meta muy alta y es una muestra de que la oportunidad abre muchas puertas”, insiste Luis.

El ensayo está presidido por el profesor José Luis Bonilla, a quien sólo conocen por su apellido. Hace 16 años, cuando la primera administración de Enrique Peñalosa intervino el sector del Cartucho, él fue uno de los que salió de las cloacas y se encontró con el padre Javier de Nicoló, el eterno símbolo paternal de los niños y jóvenes habitantes de calle. “Él decía que nos reformara, que no nos aplicara cárcel. En ese grupo caí yo. Yo estaba pegado al bazuco, pero él se metió por el lado de la música. En medio de mis loqueras, me la pasaba improvisando sobre robar y matar. Y él me decía que podía seguir cantando, pero sobre otras cosas. Le copié y después me metí de lleno. Empecé a sanar lo que me hizo la calle, lo que me hizo la Policía”.

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